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  • Salvo, Seguro y Dichoso

    ¿Tú estás viajando desde este mundo a la eternidad, y ¿quién sabe cuán cerca puedes hallarte del fin de este viaje? ¿Cómo puedes tú ser indiferente a tan importante asunto acerca de dónde pasarás la eternidad? Piensa que tú has de estar allí siempre . . . para ¡siempre .jamás!

    Una vez un hombre saltó dentro del tren cuando éste ya partía de la estación, alcanzándolo sólo por

    segundos. Jadeante, exclamó, “Valió la pena correr por esto; ¡gané cuatro horas pudiéndolo alcanzar!” ¡Cuatro horas… ! ¿Qué representan cuatro horas ante una eternidad? Mas el hombre pensó que ello era lo suficiente importante como para correr arduamente, y ganar las cuatro horas.

     

    En la eternidad tú estarás, o con Cristo dentro de la casa del Padre, o afuera en las tinieblas del infierno.

    No seas indiferente acerca de tu destino eterno. Dios no es indiferente acerca de ello, “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Al final del viaje de esta vida, más allá de la muerte, la Palabra de Dios dice, “…después de esto el juicio” (Hebreos 9:27).

    Tal vez estés diciendo, “No soy indiferente o descuidado; yo quiero salvarme pero NO ESTOY SEGURO.

    Tanto la indiferencia como la inseguridad son el resultado de no creer. Si a ti no te importa el asunto, será en razón de que tú no crees que el pecado te ha perdido, y que Dios castigará a los pecadores en el infierno para siempre. Y si no estás seguro acerca de tu salvación, es que no crees que el remedio que Dios ha provisto para tu condición caída sea eficaz. Cuanto más te sientas tocado acerca de tu necesidad y pobre condición, más grande será tu sed de saber con certeza dónde estarás en la eternidad.

    Suponte que te hallas lejos de tu casa y a medida que vas avanzando hacia ella, los caminos se bifurcan ante ti. Como no conoces el camino seguro, preguntas a alguno sobre él. A quien tú preguntas te responde: “Creo que es éste el camino; si sigues por él es probable que llegues al lugar dónde quieres ir”‘ Las palabras “creo” y ”es probable”, ¿te satisfarían a ti? Seguro que no. Tú quieres estar seguro que cada paso que das es sobre el buen camino que buscas; de lo contrario te sentirías cada vez más angustiado pensando estar en el camino equivocado. Tú quieres estar seguro acerca de la eternidad.

    Hay pues tres cosas que deben ser claras para nosotros:

    1°.- El camino de La salvación” (Hechos 16:17);

    2°.- “El conocimiento de la salvación” (Lucas 1:77);

    3°.- “El gozo de la salvación” (Salmo 51:12).

     

    1. EL CAMINO DE LA SALVACION.

    Un ejemplo tomado del Antiguo Testamento: “Todo primogénito de asno redimirás con un cordero; y si no lo redimieres, quebrarás su cerviz. También redimirás al primogénito de tus hijos” (Éxodo 13:13).

    Retrocedamos 3.000 años. Dos hombres, un sacerdote y un israelita muy pobre, están en una muy seria conversación. Un pequeño asno tiembla detrás de ellos, y el israelita pobre dice: – He venido a preguntar si se podría hacer una excepción a favor mío por esta vez. Este mi asnillo es el primogénito nacido de su madre. Sé muy bien lo que la ley de Dios ordena al respecto, pero confío que le sea perdonada la vida. Soy muy pobre y no me puedo resignar a perder a este pobre potrillo.

    – Pero, – contesta el sacerdote firmemente -, la ley de Dios es clara a este respecto y no admite dudas:

    TODO primogénito de asno redimirás con un cordero; y si no lo redimieres, quebrarás su cerviz“. Trae pues un cordero.

     

    – Ay, señor, no tengo cordero alguno.

    – Ve pues, y compra uno; de lo contrario el asno deberá ser desnucado. Si no muere un cordero en su lugar. Tu asnillo debe morir.

    – No me queda pues ninguna esperanza – grita el pobre israelita – soy demasiado pobre para comprarme un cordero.

    Una tercera persona se une al grupo, y después de oír la triste historia del pobre israelita, se vuelve hacia él y bondadosamente le dice:

    – Cobra ánimo, buen hombre.  Yo supliré tu necesidad; tenemos en casa “un cordero sin tacha ni defecto” , que jamás se ha extraviado, y es muy amado por todos en nuestra casa. Voy pues a traerlo.

    Al poco rato vuelve con el cordero, y es puesto al lado del asnillo. El cordero es atado al altar, su sangre es derramada y la víctima consumida por el fuego.

    Después de esto el sacerdote se vuelve hacia el pobre hombre y le dice:

    – Puedes ahora tomar tu potrillo a tu casa salvo. Ya no debe ser desnucado. El cordero murió en su lugar, por lo tanto tu asnillo ha sido hecho libre con plena justicia, gracias a tu amigo -.

    ¿No ves en este relato un divino cuadro de la salvación del pecador? Tanto los reclamos de Dios como el pecado, piden una víctima. El justo juicio de Dios debe caer sobre tu culpable persona a menos que tengas un substituto aprobado por Dios.

    Tú no podrías hallar ningún medio que proveyera tu necesidad, pero Dios mismo ha proveído el cordero en la Persona de Su amado Hijo, el Señor Jesús. “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). El fue al Calvario y “padeció. . .por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18). “El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado paro nuestra justificación” (Romanos 4:25). Dios manifiesta su justicia cuando El absuelve de la culpabilidad al pecador que cree en Jesús.

     

    Si tú puedes decir: “sí, como un culpable pecador, he hallado al Señor Jesús ser el único en quien puedo confiar con toda seguridad, y creo en El“, entonces y a través de la obra consumada de Cristo, Dios te ve como si nunca hubieras pecado. ¡Qué camino tan maravilloso de salvación es éste! El amoroso corazón de Dios está satisfecho, la gloria del Hijo de Dios es confirmada, y el pecador es salvado. El amado Hijo de Dios ha efectuado todo el trabajo. El merece toda la alabanza, y tú y yo podemos gozar la presencia de Aquel que nos bendice en toda excelsa manera por siempre jamás.

     

    Es muy posible que nos digas: – SIN EMBARGO, yo no me siento salvado. Hay días que experimento una total seguridad, pero al día siguiente estoy lleno de dudas. – Aquí es donde radica tu error. ¿Has oído tú de algún capitán que trate de anclar echando el ancla dentro de su propio buque? ¡Seguro que no! Debe ser siempre echando el ancla afuera.

    Debes entender que es la muerte de Cristo solamente la que te puede salvar, aunque tú piensas que es lo que tú sientes lo que te debe dar la seguridad. Toma ahora de nuevo tu Biblia para saber cómo una persona obtiene. el conocimiento de la Salvación.

     

    1. EL CONOCIMIENTO DE LA SALVACION

    Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para queSEPAIS que

    TENEIS vida eterna” (1 Juan 5: 13). Por la imaginación del hombre, muy a menudo se tuerce o se cita mal este versículo: “Estos gozosos sentimientos os he dado a los que creéis en el nombre del Hijo de Dios para que sepáis que tenéis vida eterna”; y aun así: “Estas cosas os escribo: para que vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, sepáis que tenéis “derecho” a la vida eterna”. Leed el versículo de nuevo.

    Ahora léase en Éxodo. 12:1-13, la historia de la pascua de los judíos y el castigo caído sobre Egipto. Visitemos dos de sus casas y oigamos lo que en ambas se dice. En la primera de ellas están todos temblando de miedo y llenos de incertidumbre. Les preguntamos: – ¿Cuál es la causa de vuestros temores y temblores?

    – El primogénito de la casa nos dice: – El Señor Dios está pasando esta noche por toda la tierra de Egipto, y todo primogénito será muerto.

    – Pero ¿no os ha dado el Dios de Israel un camino de escape de este castigo? – Sí, – contesta él -, hemos hecho lo que El nos ha ordenado. La sangre del cordero de un año, sin tacha ni defecto, ha sido rociada con un hisopo sobre el dintel y los dos postes de nuestra puerta. Pero no me sentiré tranquilo ni contento hasta que haya pasado esta noche de juicio. Solamente entonces me sentiré seguro, y sabré que estoy a salvo. Los de la casa de al lado, – añade el israelita -, dicen que tienen la total seguridad de estar a salvo. Pero nosotros creemos que ellos son unos presuntuosos. Nadie se puede sentir seguro en tal noche como ésta.

    Entonces pasamos a la casa de al lado, y ¡qué contraste hallamos! La alegría brilla en todos los rostros. Todos están completamente vestidos y dispuestos para partir al primer aviso de marcha, y disfrutando del cordero asado.

    – ¿Cómo es que podéis estar tan gozosos en esta noche de temores y dudas para muchos?

    – Miren -, nos dicen -, estamos sólo esperando la orden del Señor Dios, para ponemos en marcha, para salir de Egipto, dejando tan crueles tiranos y su esclavitud.

    – Pero ¿no sabéis que habrá juicios de Dios sobre la tierra de Egipto?, ¿no tenéis miedo?.

    – No, ninguno. Sabemos que nuestro primogénito está a salvo. La sangre del cordero ha sido rociada de acuerdo a lo que Dios nos ha mandado.

    – También lo han hecho los de la casa de al lado -, explicamos -, sin embargo están todos temerosos y

    tristes porque no están seguros de estar a salvo.

    – Ah, pero nosotros -, nos responde el primogénito con firmeza -, no solamente tenemos la sangre rociada en nuestra puerta, sino también la PALABRA de Dios acerca de ello. Dios ha dicho: “Veré la sangre y pasaré de vosotros”. Dios queda satisfecho con la sangre que hay afuera, y nosotros reposamos satisfechos con Su Palabra aquí dentro.

    La sangre rociada nos pone A SALVO.

    La Palabra hablada nos da SEGURIDAD.

    Te haremos una pregunta: ¿Cuál de estas dos casas, crees tú que estaba más a salvo? Si nos respondes que la segunda donde todos estaban tan gozosos, hemos de decirte que estás equivocado, ya que ambas estaban a salvo por igual. Su salvación dependía de lo que Dios pensaba acerca de la SANGRE puesta afuera, y no del estado de ánimo de los de adentro. Si tú quieres estar seguro de tu propia bendición, no hagas caso a tus emociones y sentimientos interiores, sino haz caso al verdadero testimonio de la Palabra de Dios. De cierto, de cierto os digo: el que cree en MI, TIENE vida eterna;” (Juan 6:47).

    ¡Dios lo dice!

    ¡Cristo lo hizo!

    Yo lo creo,

    ¡Con esto queda establecido!

    ¿Depositaste tu confianza en la persona idónea?

    ¿Es Este para ti, el Señor Jesús, el Hijo de Dios? No se trata de la cantidad o calidad de tu fe, sino de la probidad y solvencia de la persona sobre la cual tú pusiste tu fe.

    Hay quien hace a Cristo como el hombre que se ahoga, y otros solamente tocan el borde de su vestido; tanto unos como otros son salvados igualmente. Esto es lo que se entiende por creer en El,

    Tal vez tú dirás: – Yo creo de veras en El, pero no me atrevo a decir que soy salvado por temor a mentir.

    Suponte que yo pregunto a un muchacho su edad. El me dice que tiene doce años. Luego vienes tú y me preguntas cuántos años tiene el muchacho, y yo te respondo:

    – No te lo quiero decir por temor a mentirte.

    – Entonces me dirás tú: – Esto es decir que el muchacho es un embustero -, y así sería. Pero ahora yo

    te pregunto a ti: ¿No estás tú haciendo virtualmente lo mismo, es decir, hacer de Cristo un mentiroso, si no te atreves a decir que eres salvo por temor a mentir, cuando Cristo mismo te dice: “El que cree en MI, TIENE vida eterna”?

    – Pero, ¿cómo puedo estar seguro que yo creo de veras? Muy a menudo he tratado de creer y cuanto más procuro alcanzarlo, mirando a mi fe, me parece tener cada vez menos.

    – Permíteme que como respuesta te haga la siguiente ilustración: Suponte que un hombre que siempre cuenta chistes, y le gusta hacer bromas pesadas, viene y te cuenta que media ciudad está en llamas ¿le darás crédito, o siquiera tratarás de creerle? Seguramente que no, pues tú le conoces demasiado.

    Pero supongamos que en vez de este hombre, fuera uno que es más digno de crédito, una persona que jamás te ha mentido, ni tratado de hacerte bromas, que viene a ti con las mismas noticias. ¿le creerás?

    Sl, – me dices – con toda certeza le creeré. Porque es un hombre digno de crédito.

    – Y ¿cómo sabes que has creído en él?

    – Por lo que él es y quien es.

    – Esto es justamente por lo que nosotros podemos creer en el evangelio, a causa de Quién nos lo ha anunciado.

    Jesús dijo: “El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Juan 5:24). “El que no cree, a Dios le ha hecho mentiroso” (1 Juan 5:10).

    ¿Dirás aún, “No puedo creer?”

    Bueno, amigo, ¿qué es lo que tú no puedes creer? La fe es la confianza en la bendita Persona del viviente Señor Jesucristo, Quien consumó la obra de la redención en la cruz del calvario.

    Su obra terminada me hace salvo eternamente; Su Palabra acerca de los que creen en El me da seguridad total. Encuentro en Cristo y en Su obra el CAMINO de la salvación y en la Palabra de Dios el CONOCIMIENTO de la salvación.

    Tal vez, y aun siendo salvado puedas objetar, “¿cómo es que experimento tantas fluctuaciones, perdiendo a menudo mi gozo y consuelo, sintiéndome desdichado y triste y abatido como antes de mi conversión?” Precisamente esto nos conduce a nuestro tercer punto: El gozo de la Salvación.

     

    1. EL GOZO DE LA SALVACION

    La Biblia nos enseña que habiendo sido salvados por la obra de Cristo, y confirmados por la Palabra de

    Dios, somos guardados en consuelo y gozo por el Espíritu Santo que mora en nosotros. También debemos recordar que todavía cada uno de los salvados tiene aún en si la “carne“, la naturaleza caída y mala en la cual hemos nacido como hombres naturales. El Espíritu Santo en el creyente resiste a la carne y es contristado por cada acto motivado por ésta, sea de obra o palabra.

    Cuando el creyente anda “como es digno del. Señor“, el Espíritu Santo produce en su alma Su bendito fruto de “amor, gozo, paz., etc.” (Gálatas 5:22). Mas cuando el creyente vive en caminos mundanos, el Espíritu Santo queda contristado y no se evidencia fruto alguno.

    Para ti que crees en el Hijo de Dios, queda establecido este procedimiento; La obra de Cristo y tu salvación a una permanecen o se vienen abajo, y tu modo de andar y tu gozo a una permanecen o se vienen abajo. Cuando tu andar (el camino que tú vives) es menoscabado, tu gozo queda menoscabado con él.

    ¿Ves ahora tu error? Tú has estado confundiendo el gozo con la salvación, que son dos cosas completamente distintas. Cuando, dejándote llevar de la indulgencia hacia tus sentimientos o apetencias naturales, perdiste tu temperancia, mostrando mundanalidad, etc., contristaste al Espíritu Santo, perdiendo así tu gozo, y pensaste que tu salvación había sido socavada.

    Pero tu salvación descansa en la obra de Cristo en FAVOR de ti; tu seguridad, sobre la Palabra de Dios

    DADA a ti; tu gozo, en no contristar al Espíritu santo EN ti.

    Un joven que gozaba mucho con la compañía de su padre, usó su coche sin su permiso y chocó contra un árbol, quedando una puerta abollada. A la hora de la cena sintió que no tenía apetito y se fue temprano a la cama. Se sentía avergonzado en la presencia de su padre. ¿Por qué era ahora así? El había desobedecido y se sentía miserable. El gozo de estar en compañía de su padre había desaparecido.

    ¿Qué había sucedido con el parentesco que existía antes del incidente? ¿Había éste desaparecido o se había interrumpido? ¡Nada de esto! Continuaban siendo padre e hijo. El parentesco viene por nacimiento, el disfrutar de las relaciones como padre e hijo nace del comportamiento. Finalmente el hijo confiesa a su padre lo sucedido, y el padre le perdona. El hijo ya no se siente desdichado en la presencia del padre, sino por el contrario, muy feliz. Su gozo ha sido restaurado, porque la comunión fue restaurada.

    Pero supongamos que antes que el hijo haya confesado su falta, es descubierto y su padre le ordena que vaya a su habitación y no salga de ella sino para confesar su culpa. En el entretanto se declara un incendio en la casa. ¿Crees tú que el padre dejará morir a su incontrito hijo entre las llamas? Con toda seguridad que sería el primero en correr a salvar a su hijo si este supuesto fuera realidad. Sí, tú sabes bien que el amor de tal parentesco es una cosa, y el gozo de su comunión es otra.

    Si confesamos nuestros pecados:, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Nada puede romper el vínculo del parentesco, pero cualquier impureza o palabra ociosa romperá el precioso lazo de comunión.

    Si estás turbado, examina tus caminos e inclínate ante el Señor. Cuando descubras la causa que te hizo perder tu gozo, confiésalo a Dios tu Padre y júzgate inflexiblemente a ti mismo.NUNCA mezcles ni con-

    fundas Ia salvación con tu gozo.

    No te imagines por ello, que Dios considera el pecado del creyente más a la ligera que lo hace con el incrédulo. El pecado es siempre pecado bajo la mirada de Dios, los pecados de los creyentes fueron todos cargados sobre Jesús, “quien llevó El mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia” (1 Pedro 2:24). Los creyentes, tenemos un substituto que cargó con nuestros pecados; en cambio los incrédulos, los que rechazan a Cristo, cargarán sus propios pecados sobre sí mismos en el lago de luego para siempre.

    Cuando un redimido cae en falta, la cuestión de la condenación no puede ser esgrimida de nuevo contra él. El mismo Juez Supremo la resolvió de una vez para siempre en la cruz. Mas la cuestión de la comunión es presentada o traída ante el alma por la presencia del Espíritu Santo que mora en el creyente. Y tal desdicha y desazón permanecerá mientras que el pecado cometido no sea confesado y abandonado.

    Usemos otro ejemplo. En una hermosa noche de luna llena estamos observando la luna que se refleja nítida en un tranquilo estanque. De pronto, alguien tira una piedra al agua, vemos el reflejo de luna desfigurada. Sabemos que no es la luna que ha sido rota, sino que el agua que la reflejaba fue alterada.

    Aplicando esta simple ilustración, digamos que nuestro corazón es el estanque. Mientras está calmado y tranquilo, quiere decir, que no permitimos que el mal entre en nuestra vida, el Bendito Espíritu de Dios toma de las perfecciones y glorias de Cristo, y nos las revela para nuestro consuelo y gozo. Pero en el mismo momento que permitamos que un mal pensamiento se aloje en nuestro corazón, o una palabra torpe salga de nuestros labios. Nuestro corazón será turbado, y nuestras felices experiencias se irán, y nos quedaremos sin reposo hasta que con contrito corazón y espíritu quebrantado vayamos ante Dios y confesemos nuestro pecado. Entonces, recobraremos la calma, siendo restaurados de nuevo al gozo y a la dulce comunión.

    Cuando tu corazón está intranquilo, ¿hará cambiar la obra de Cristo? ¡No y no! Tampoco tu salvación ha sido alterada. ¿Ha mudado, por ventura, la Palabra de Dios? ¡Ciertamente que no! Así pues, la certeza de tu salvación no ha variado. ¿Qué es lo que ha cambiado en realidad? Es la acción del Espíritu Santo que mora en ti que ha cambiado, y en vez de llenar tu corazón de las glorias y magnificencias de Cristo, el Espíritu ha tenido que llenarte con el sentimiento de tu falta y descuido. Te ha quitado tu consuelo y gozo hasta que tú juzgues la mala cosa que El condena y resiste. Cuando tú juzgues lo malo en ti, la comunión con Dios quedará restablecida y sentirás de nuevo el gozo de Su presencia.

    El Señor Jesús, es el objeto de la esperanza de un creyente.

    – Su muerte, Su sangre, y Su resurrección son mi SALVACION…Ia inmutable Palabra de Dios me da la SEGURIDAD…y por mi simple obediencia a Su Palabra soy DICHOSO.

    Jesucristo es el mismo ayer, y hoy y por los siglos” (Hebreos 13:8).

     

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