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  • Ausentes del cuerpo

    Pero presentes al Señor

                                                                        Lo que acontece tras la muerte

    “Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43).

    “Pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor” (2Corintios 5:8).

    “Teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor” (Filipenses 1:23).

    “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (Filipenses 3:20-21).
     

    Desde que el hombre es mortal, siempre ha mantenido grande intriga sobre lo que ocurre con él mismo tras la muerte. Desde un principio, la evidencia de lo que acontece con su cuerpo material, le fue siempre cierta: la desagradable descomposición que lo regresa al polvo de la tierra, del cual fue tomado (Génesis 3:19; 2:7). Mas si bien la evidencia y experiencia sensible sobre el acontecer del cuerpo terrenal tras la muerte, no deja lugar a dudas, siempre quedó la intriga sobre qué ocurre con su espíritu o hálito (1) , pues el tal, no fue formado de la tierra sino insuflado directamente por Dios. “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Génesis 2:7). El hombre fue creado como una unidad y de cuerpo, alma y espíritu (1Tesalonicenses 5:23), pero mientras su estrato material fue formado de la tierra, su espíritu inmortal le fue insuflado directamente de Dios (2). Y en este sentido, con la muerte, cada uno de estos estratos es propio que regrese al origen del cual procedió. “Y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio” (Eclesiastés 12:7). Pero esto no es la plena revelación divina del asunto, pues la muerte, la separación o disociación del estrato material e inmaterial del hombre, como veremos, es siempre un estado intermedio, nunca definitivo. Para nada introduce al destino eterno del hombre sino a un estado intermedio, que solo quedará atrás con la resurrección. La resurrección, la reunión indisoluble de los cuerpos con sus almas, ya sea resurrección de vida ya resurrección de condenación, será el evento que restablecerá la unidad de los distintos estratos constitutivos del hombre, para introducirle entonces en su definitivo destino eterno.

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    (1).En el hebreo, la palabra que se traduce en unos casos como espíritu y en otras como hálito, es la misma.

    (2).Si bien adherimos plenamente a la constitución tripartita del hombre, es decir, reconocemos que su ser es cuerpo, alma y espíritu, y evidentemente puede diferenciarse entre el alma y el espíritu (1Tesalonicemnses 5:23; Hebreos 4:12), generalmente las mismas Escrituras utilizan un idioma resumido en el asunto, considerando solo los dos estratos constitutivos del hombre: el material e inmaterial. Así, “alma”, muchas veces equivale a “espíritu” o son considerados conjuntamente (Mateo 10:28; Lucas 12:20; Hechos 2:27,31; etc). Es decir que a menudo, “alma” y “espíritu” son utilizados indistintamente para referirse al ser incorpóreo o inmaterial del hombre. Este idioma resumido también lo han utilizado muchos autores reconocidos, y nosotros adherimos y nos expresamos de semejante manera aquí. De modo que en este escrito, “alma” y “espíritu” son utilizados como equivalentes, expresando el ser inmaterial del hombre. Aunque como hemos dicho, pueden diferenciarse.

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    También, desde un principio, las Escrituras revelan claramente que la muerte fue el juicio gubernamental divino que vino como consecuencia de la desobediencia del hombre (Génesis 2.16-17)(3). Desde entonces, el hombre queda bajo la triste evidencia de que “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). Tras la caída de la raza, muy pronto el hombre pudo gustar y comprobar lo que es la muerte, apoderándose del cuerpo material del mortal, en esa desagradable y horrenda descomposición que lo disuelve para regresarlo a la tierra, de la cual fue tomado. Y es humillante para la humanidad reconocer, que el primer cuerpo muerto que entró al polvo no fue por causa de la vejez, por un accidente, o por una enfermedad, sino por el fratricidio (Génesis 4). Desde entonces, en la historia subsiguiente, el hombre pudo comprobar que sus días sobre la tierra tenían un límite, y que todo mortal terminaba aquí abajo separándose de los suyos por el triste fenómeno de la muerte (Génesis 5; nótese la continua repetición de la expresión: “y murió”; vs. 5,8,11,14,17,20,27,31). Pero hasta aquí, la humanidad naciente del tiempo antiguo, pudo conocer con certeza relativa el destino del cuerpo mortal, pero quedó en el terreno de la incertidumbre sobre el acontecer de su espíritu inmortal. El cual, se lo concebía como yendo a un sitio de sombras y tinieblas, de donde no se podría regresar jamás. “¿No son pocos mis días? Cesa, pues, y déjame, para que me consuele un poco, antes que vaya para no volver, a la tierra de tinieblas y de sombra de muerte; tierra de oscuridad, lóbrega, como sombra de muerte y sin orden, y cuya luz es como densas tinieblas”(Job 10:20-22). En la antigüedad, el asunto fue mantenido bajo un velo, pues la revelación divina no fue mucho más allá. La evidencia de lo que pasaba tras la muerte era solo en cuanto al cuerpo material, pero no en cuanto al espíritu inmortal.

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    (3).Es evidente que aquí, de alguna manera, se incluye también el concepto de la muerte no solo como la disolución del vínculo entre el cuerpo y el espíritu del individuo, sino también ella rompiendo la feliz comunión que, por creación, el hombre gozaba con su Dios en inocencia (Génesis 3:8). Es decir, el hombre también experimentó cómo el pecado introdujo muerte en sus relaciones con Dios. Es que la muerte entró también en la esfera de los vínculos de la criatura con su Dios, y entonces, tenemos que el hombre pecador en su estado natural, en su estado adámico, está muerto en delitos y pecados (Efesios 2:1).

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    Y aquí es importante que hagamos entonces una aclaración al respecto. La revelación de la Palabra de Dios ha sido progresiva en la cuestión que nos ocupa, y ello, en conformidad a la vocación distintiva del creyente en su dispensación. Mas la plenitud de la revelación en cuanto a lo que pasa después de la muerte, la tenemos con y en Cristo mismo; especialmente, cuando Él se torna en el objeto divino y celeste de la fe, y el centro de toda la esperanza y expectativa cristiana; un objeto imperecedero que traspasa todo fenómeno terrenal, incluso la muerte misma, para persistir por toda la eternidad. Por lo tanto, partimos del hecho de que en las Escrituras tenemos una revelación progresiva de lo que acontece tras la muerte, y que la tal, alcanza su plenitud con y en Cristo mismo.

    Antes del diluvio universal, el caso de Enoc, séptimo desde Adán, toca profundamente la conciencia de los hombres de su tiempo y de todos los tiempos. Ante la verdad de un fenómeno indetenible por el hombre, la sentencia de muerte sobre toda la raza caída (Génesis 5), hallamos un caso de excepción que burla la gran boca de la tierra que devora los cuerpos mortales. “Y caminó Enoc con Dios, después que engendró a Matusalén, trescientos años, y engendró hijos e hijas. Y fueron todos los días de Enoc trescientos sesenta y cinco años. Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios” (Génesis 5:22-24). “Por la fe Enoc fue traspuesto para no ver muerte, y no fue hallado, porque lo traspuso Dios; y antes que fuese traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado a Dios” (Hebreos 11:5). El caso de Enoc, queda como un testimonio universal al poder de Dios que puede sobreponerse a la terrible sentencia que pesa sobre la raza caída. Tenemos el primer indicio que acredita que el poder divino está por sobre el fenómeno de la muerte, y que el hombre en su unidad de cuerpo, alma y espíritu, puede ser llevado a la presencia de su Dios. En las Escrituras, el poder de Dios se manifiesta evitando la muerte como quitando de ella a los que la han gustado; mas la primera manifestación de este poder, fue evitándola, transponiendo a Enoc, impidiendo la posibilidad de que conociera muerte y corrupción.

    Por otro lado, desde la muerte de Abraham, hallamos una interesante expresión: “fue unido a su pueblo” (Génesis 25:8), u otras equivalentes, que dan cuenta de la condición supérstite del ser inmaterial del hombre tras la muerte. Notemos que en el pasaje referido a la muerte de este patriarca, hallamos el notable contraste entre la expresión “fue unido a su pueblo” y “lo sepultaron”. “Y estos fueron los días que vivió Abraham: ciento setenta y cinco años. Y exhaló el espíritu, y murió Abraham en buena vejez, anciano y lleno de años, y fue unido a su pueblo. Y lo sepultaron Isaac e Ismael sus hijos en la cueva de Macpela, en la heredad de Efrón hijo de Zohar heteo, que está enfrente de Mamre, heredad que compró Abraham de los hijos de Het; allí fue sepultado Abraham, y Sara su mujer” (Génesis 25:7-10). Es evidente que lo que sepultaron Isaac e Ismael, fue el cuerpo terrenal de su padre; pero en contraste con ello, su espíritu fue exhalado y unido a su pueblo, tal como leemos. De semejante manera observamos que acontece con Isaac y Jacob: “Y exhaló Isaac el espíritu, y murió, y fue recogido a su pueblo, viejo y lleno de días; y lo sepultaron Esaú y Jacob sus hijos” (Génesis 35:29). “Les mandó luego, y les dijo: Yo voy a ser reunido con mi pueblo. Sepultadme con mis padres en la cueva que está en el campo de Efrón el heteo, en la cueva que está en el campo de Macpela, al oriente de Mamre en la tierra de Canaán, la cual compró Abraham con el mismo campo de Efrón el heteo, para heredad de sepultura. Allí sepultaron a Abraham y a Sara su mujer; allí sepultaron a Isaac y a Rebeca su mujer; allí también sepulté yo a Lea… Y cuando acabó Jacob de dar mandamientos a sus hijos, encogió sus pies en la cama, y expiró, y fue reunido con sus padres” (Génesis 49:29-33). Podemos apreciar en todos estos casos, varias cosas importantes. Por un lado, la muerte no es la extinción del ser, pues tras ella, es evidente la condición supérstite del espíritu, ya que los patriarcas fueron unidos o recogidos a su pueblo o reunidos con sus padres. “Murió Abraham en buena vejez, anciano y lleno de años, y fue unido a su pueblo”; “y exhaló Isaac el espíritu, y murió, y fue recogido a su pueblo”; “expiró, y fue reunido con sus padres.” En vivo contraste con ello, el cuerpo fue colocado en la sepultura. Y es importante advertir que tanto el cuerpo como el espíritu, tanto en un caso como el otro, son considerados indistintamente como la persona misma. Por ejemplo, si bien se trata solo del cuerpo mortal, leemos “fue sepultado Abraham”; Jacob dice: “sepultadme”; etc. Y el mismo principio se mantiene plenamente vigente en el Nuevo Testamento. Tras la muerte, tanto el cuerpo como el alma son considerados como la persona misma. Y esto, nos anticipa de alguna manera, que la muerte es un fenómeno temporal e intermedio pues el hombre desde el principio fue hecho tanto de un estrato corporal y material, así como de otro espiritual e inmaterial (Génesis 2:7), que a la postre serán reunidos nuevamente por la resurrección. La eternidad de los salvos como de los que se condenan, involucrará al hombre con su cuerpo y espíritu. En fin, apreciamos en estos pasajes que la muerte es la disolución del vínculo entre el cuerpo y el espíritu, y que en tanto uno va a la sepultura, el otro, aunque en la incertidumbre, persistía en el ámbito de lo invisible. Los antiguos no tenían más que esta luz. La expresión ser “unido a su pueblo”, que también luego vemos que se aplica a Aarón y Moisés (Números 20:24,26; Deuteronomio 32:50), importa la luz hasta donde en la antigüedad se conocía sobre la condición supérstite del espíritu del hombre. Expresión, que excedía al sepulcro y que aparece como algo completamente distinta a éste, y que concebía la reunión con los ancestros que ya habían partido de este mundo.

    En todo el Pentateuco y en los libros históricos del antiguo tiempo, la muerte aparece continuamente como el fenómeno que acompaña y sucede al hombre en esta tierra, y como el tema de las reparaciones y penas que corresponden al homicida culpable, como la pena capital, y como el gran asunto que da lugar a la sucesión y herencia de la tierra y de oficios; pero esencialmente, no tenemos la revelación de lo que sucede con el espíritu del hombre tras ella. Esta es una característica bien marcada del asunto en las Escrituras de la antigüedad. Salvo lo que hemos mencionado respecto al ser “unido a su pueblo”, y el asunto del “Seol”, que a continuación trataremos, no hallamos

    muchas consideraciones precisas, aunque sí evidencias notables.

     

    EL SHEOL(O SEOL)

     “Entonces Jacob rasgó sus vestidos, y puso cilicio sobre sus lomos, y guardó luto por su hijo muchos días. Y se levantaron todos sus hijos y todas sus hijas para consolarlo; mas él no quiso recibir consuelo, y dijo: Descenderé enlutado a mi hijo hasta el Seol. Y lo lloró su padre” (Génesis 37:34-35).

    “Como la nube se desvanece y se va, así el que desciende al Seol no subirá; no volverá más a su casa, ni su lugar le conocerá más” (Job 7:9-10).

    “¿Dónde, pues, estará ahora mi esperanza? Y mi esperanza, ¿quién la verá? A la profundidad del Seol descenderán, y juntamente descansarán en el polvo” (Job 17:15-16).

    “Porque en la muerte no hay memoria de ti; en el Seol, ¿quién te alabará?” (Salmo 6:5).

    “Porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción” (Salmo 16:10).

    “No sea yo avergonzado, oh Jehová, ya que te he invocado; sean avergonzados los impíos, estén mudos en el Seol” (Salmo 31:17).

    “Y no saben que allí están los muertos; que sus convidados están en lo profundo del Seol” (Proverbios 9:18).

     

    “Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque en el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría” (Eclesiastés 9:10).

    “Porque el Seol no te exaltará, ni te alabará la muerte; ni los que descienden al sepulcro esperarán tu verdad”(Isaías 38:18).

    “Del estruendo de su caída hice temblar a las naciones, cuando las hice descender al Seol con todos los que descienden a la sepultura; y todos los árboles escogidos del Edén, y los mejores del Líbano, todos los que beben aguas, fueron consolados en lo profundo de la tierra. También ellos descendieron con él al Seol, con los muertos a espada, los que fueron su brazo, los que estuvieron a su sombra en medio de las naciones” (Ezequiel 31:16-17).

     

    Hemos citado solo algunos pasajes, de entre muchos más, en que aparece en el Antiguo Testamento la palabra “Seol”. Y de la sola lectura de todos ellos, es evidente que para los antiguos importaba descender a una región inferior donde iban las almas de todos los muertos, ya fuesen piadosos o impíos. Pero nosotros, precisamos que no se trata de un lugar sino de una condición o estado de las almas: la condición de ellas sin sus cuerpos. Es decir, es el estado de las almas desincorporadas. Para lo que se relaciona estrictamente con “lugar”, en el hebreo tenemos palabras que se traducen como “sepulcro”, que justamente expresan el sitio concreto del enterramiento o depósito del cuerpo mortal; en tanto que el “Seol”, insistimos, importa la condición de las almas sin sus cuerpos. Hay confusión en el asunto, porque muchos traductores han vertido la palabra Seol colocando sepultura, sepulcro, abismo, infierno, etc. Pero en verdad, se trata de la condición o estado de las almas despojadas de sus cuerpos; y por eso, nunca se menciona el lugar o la geografía del Seol, pero sí la de los sepulcros. Además, el hecho de que el término siempre aparece en singular, indica su universalidad para todas las almas de los que han muerto a través de los tiempos. El Seol siempre aparece como una sola cosa, como el continente de todas las almas de los que han muerto en el suceder de la historia. Esto marca la diferencia con los sepulcros, que son tan numerosos y distribuidos a lo largo de la geografía del mundo, conforme contengan un cuerpo mortal o varios de ellos. Pero al respecto, recordemos lo que hemos dicho arriba. El suceso de la muerte si bien es conocido desde el principio de la humanidad, se mantuvo por mucho tiempo en la oscuridad y en la incertidumbre, lo que pasa respecto del ser inmortal del hombre tras la misma. Los antiguos concibieron al Seol como la oportunidad de la reunión con las almas de los ancestros, y si bien para nada significa la aniquilación del ser, sí era para ellos su olvido y su inactividad. Se lo concebía como un ámbito por debajo o inferior, como una condición a la que se descendía en medio de tinieblas y lóbrega oscuridad, donde la persona entraba en el olvido y la inactividad, y de la cual no podía regresar jamás. El Seol era visto conforme la ausencia de luz que los antiguos tenían respecto del mismo. La muerte no era tenida como la extinción del ser, pero sí como la extinción del pensamiento y de toda actividad espiritual del hombre, “pues sale su aliento, y vuelve a la tierra; en ese mismo día perecen sus pensamientos” (Salmo 146:4). Es notable entonces considerar que la visión del Seol que tenían los antiguos, se correspondía con la ausencia de luz y de conciencia respecto de lo que acontecía con el alma inmortal tras la muerte. “No temas cuando se enriquece alguno, cuando aumenta la gloria de su casa; porque cuando muera no llevará nada, ni descenderá tras él su gloria. Aunque mientras viva, llame dichosa a su alma, y sea loado cuando prospere, entrará en la generación de sus padres, y nunca más verá la luz” (Salmo 49:16-19). “¿No son pocos mis días? Cesa, pues, y déjame, para que me consuele un poco, antes que vaya para no volver, a la tierra de tinieblas y de sombra de muerte; tierra de oscuridad, lóbrega, como sombra de muerte y sin orden, y cuya luz es como densas tinieblas”(Job 10:20-22). Los antiguos concebían la condición de los muertos y del Seol, más en relación a lo que no conocían que a lo que sí conocían por revelación divina. Hasta aquí llegaba el conocimiento de un antiguo o de un israelita de la antigüedad histórica. Si bien para nada se pensaba en la aniquilación del ser, o en la disolución del espíritu inmortal del hombre, con todo, permanecía siempre la incertidumbre. La luz de la revelación divina no había entrado con toda su claridad en lo que ellos conocían como Seol, no había traído el conocimiento acerca del estado de las almas tras la muerte. Y sin esa luz, veían entonces al Seol como oscuridad y tinieblas. Si bien por todos los textos citados tenemos una idea de cómo los antiguos consideraban al mismo, es importante insistir que el concepto para nada suponía la plena revelación divina que luego vino con y en Jesucristo. Con todo, siempre fue evidente la condición supérstite del alma después de la muerte, y había además otros principios que lo avalaban, pues los antiguos también creían en la resurrección. Asimismo, la condición supérstite del espíritu tras la muerte, también es bien apreciable en el capítulo veintiocho del primer libro de Samuel. Samuel había muerto y su cuerpo había sido sepultado en Ramá (1Samuel 28:3), pero por excepcional permisión divina, su espíritu vino cuando la pitonisa lo invocó (1Samuel 28:15). Pero solo vino para confirmar la Palabra de Jehová ya dada a Saúl, y anunciar que éste y sus hijos morirían como él mismo ya lo estaba (1Samuel 28:19).

     

    LA RESURRECCIÓN

    “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mí” (Job 19:25-27).

    “Se alegró por tanto mi corazón, y se gozó mi alma; mi carne también reposará confiadamente; porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción. Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre” (Salmo 19:9-11).

    “En cuanto a mí, veré tu rostro en justicia; estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza” (Salmo 17:15).

    “Oh Jehová, hiciste subir mi alma del Seol; me diste vida, para que no descendiese a la sepultura” (Salmo 30:3).

    “Jehová mata, y él da vida; Él hace descender al Seol, y hace subir” (1Samuel 2:6).

    “Pero Dios redimirá mi vida del poder del Seol, porque él me tomará consigo” (Salmo 49:15).

     

    No citamos con los anteriores pasajes a Daniel 12:2; Isaías 26:19; Oseas 6:2; y Ezequiel cap. 37, pues a pesar de mencionar la resurrección, estrictamente no tratan de la resurrección de los cuerpos mortales sino de la resurrección nacional de Israel. Pero con todo, el hecho de que se ilustre, proféticamente hablando, la resurrección nacional de Israel con la resurrección de los cuerpos, pone en evidencia que ésta ofrece una referencia divina válida para aquella. Y esta sola referencia y apelación, nos hace pensar que la resurrección de los cuerpos es una verdad en la revelación de Dios. “Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua” (Daniel 12:2-3). “Tus muertos vivirán; sus cadáveres resucitarán. ¡Despertad y cantad, moradores del polvo! porque tu rocío es cual rocío de hortalizas, y la tierra dará sus muertos” (Isaías 26:19). Ver también Ezequiel 37.

    Si bien los detalles de la resurrección no eran conocidos por los antiguos, tal como ahora tenemos plena certeza de ella por la revelación divina del Señor y de la doctrina apostólica, con todo, el asunto estaba presente en el pensamiento de ellos. Si bien ignoraban que hay una resurrección de condenación y otra de vida, y que no todas las resurrecciones ocurren en el mismo tiempo, y que por la resurrección los salvos entran a la gloria, el solo hecho de que ellos la considerasen y las Escrituras avalasen tal pensamiento, demuestra de sí la condición supérstite del espíritu del hombre, y el restablecimiento final de su unidad de espíritu, alma y cuerpo. Y demuestra, que en verdad la muerte es un estado intermedio y no perpetuo; que el Seol, es en verdad un estado provisorio y no la condición permanente o eterna de las almas; y que en definitiva, el hombre ha de recuperar su unidad concebida inicialmente. La transposición de Enoc y Elías (Génesis 5:24; 2Reyes 2:11), de alguna manera confirmaron también esto. En los propósitos y designios de Dios, el hombre no fue creado para siempre permanecer en el Seol o el Hades, para por siempre permanecer despojado de su estrato corpóreo. Su naturaleza tripartita de cuerpo, alma y espíritu, es la unidad misma de su ser. La muerte solo es un estado intermedio hasta que llegue la resurrección. Y aún pese a toda la oscuridad que los antiguos tenían sobre lo que pasa después de la muerte, y aún la ignorancia sobre los detalles del evento mismo de la resurrección, con todo, la resurrección fue una verdad conocida. Y lo fue especialmente en los Salmos, cuando proféticamente se aprecia la resurrección del Cristo.

    El caso de tres resurrecciones temporales en el antiguo tiempo, acredita que en verdad el espíritu no se disuelve ni extingue tras la muerte, y que un muerto puede revivir corporalmente por medio de la operación del poder de Dios. Esto queda bien claro en las resurrecciones del ministerio de Elías y Eliseo. Hallamos el caso de la resurrección del hijo de la viuda de Sarepta (1Reyes 17:17-24), la del hijo de la sunamita (2Reyes 4:8-37), y tenemos un tercer caso que completa el asunto, cuando echaron el cuerpo muerto de un joven en el sepulcro de Eliseo (2Reyes 13:21). Si bien las personas involucradas en estas resurrecciones volvieron a morir, la condición supérstite del espíritu del hombre y la posibilidad de la resurrección de los cuerpos de los muertos, queda como precedente firme de la verdad del asunto.

    En definitiva, pese a la poca luz que en el antiguo tiempo existía respecto del acontecer del hombre después de la muerte, la condición supérstite del estrato inmaterial es una verdad constante en las Escrituras del antiguo tiempo. El mismo concepto del Seol (pese a la poca luz sobre el mismo), el asunto de la resurrección de los cuerpos y los casos de las resurrecciones temporales (pese a la poca luz sobre la misma), la transposición de Enoc y Elías sin conocer muerte, y el mensaje de Samuel a Saúl tras su muerte (pese a su excepcionalidad), todas estas cosas en su conjunto, ponen en evidencia la condición supérstite del ser inmaterial del hombre así como la recuperación de su unidad por la resurrección. Y es que en verdad la muerte es un estado intermedio, y que la resurrección de los cuerpos, la reunión del espíritu con el cuerpo de resurrección, es lo que está por delante. En los antiguos todo esto tenía su ingrediente de incertidumbre y falta de claridad, pero estaba allí, como verdad constante a través de toda la historia antigua.

    Antes de seguir adelante, tratemos brevemente un texto que trae conflicto para algunas mentes. “Porque lo que sucede a los hijos de los hombres, y lo que sucede a las bestias, un mismo suceso es: como mueren los unos, así mueren los otros, y una misma respiración tienen todos; ni tiene más el hombre que la bestia; porque todo es vanidad. Todo va a un mismo lugar; todo es hecho del polvo, y todo volverá al mismo polvo. ¿Quién sabe que el espíritu de los hijos de los hombres sube arriba, y que el espíritu del animal desciende abajo a la tierra?” Este pasaje de Eclesiastés 3:19-21, podría ofrecer importante dificultad para algunas almas. Pero debemos tener presente que aquí el relato y la vivencia de lo expresado, se conforma a la experiencia y pensamiento del Predicador en relación a la evidencia sensible de lo que acontece debajo del sol, y no a la revelación divina. Aunque la revelación divina, sí pueda expresar esta experiencia y pensamiento del hombre que considera las cosas de aquí abajo, conforme sus ojos la aprecian y la luz de su entendimiento tiene la evidencia por ellas. Aquí, el Predicador, relata su vivencia conforme la va atravesando desde la perspectiva de las cosas y los sucesos temporales y terrenales del acontecer debajo del sol, conforme su experiencia subjetiva y el alcance de su entendimiento natural, excluyendo a la vez todo lo que es de naturaleza celestial y eterna. Dios nos revela el desarrollo de esta experiencia subjetiva del Predicador, que se observa respecto de las cosas, hechos y eventos de aquí abajo, pero no le revela a él las cosas celestiales y eternas que superan lo que un hombre puede conocer por sus propios recursos intelectuales, aplicados debajo del sol. No obstante, finalmente, cuando el Predicador mira al hombre en relación a Dios, y no en relación al suceso de la muerte como algo que acontece debajo del sol, su discurso cambia. “Antes que la cadena de plata se quiebre, y se rompa el cuenco de oro, y el cántaro se quiebre junto a la fuente, y la rueda sea rota sobre el pozo; y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio” (Eclesiastés 12:6-7). De todas formas, hemos de entender que la revelación de Dios ha sido progresiva, y que la doctrina de la verdad es un desarrollo dispensacional en las Escrituras, y que la experiencia subjetiva del hombre acerca de los hechos debajo del sol, de acuerdo a sus facultades naturales y la sabiduría que le asiste, tiene sus severos límites. De modo que no podemos exigir plena luz y claridad donde no la había; ni debemos pretender satisfacer nuestro pensamiento humano en conformidad a la ilustración que hoy gozamos, sino entender la verdad conforme es revelada y confiada progresivamente al hombre.

     

    LA ESPERANZA CARACTERÍSTICA DEL JUDÍO

    “No te impacientes a causa de los malignos, ni tengas envidia de los que hacen iniquidad. Porque como hierba serán pronto cortados, y como la hierba verde se secarán. Confía en Jehová, y haz el bien; y habitarás en la tierra, y te apacentarás de la verdad… Porque los malignos serán destruidos, pero los que esperan en Jehová, ellos heredarán la tierra. Pues de aquí a poco no existirá el malo; observarás su lugar, y no estará allí. Pero los mansos heredarán la tierra… Porque los brazos de los impíos serán quebrados… Mas los impíos perecerán… Porque los benditos de Él heredarán la tierra; y los malditos de él serán destruidos… Apártate del mal, y haz el bien, y vivirás para siempre. Porque Jehová ama la rectitud, y no desampara a sus santos. Para siempre serán guardados; mas la descendencia de los impíos será destruida. Los justos heredarán la tierra, y vivirán para siempre sobre ella… Espera en Jehová, y guarda su camino, y él te exaltará para heredar la tierra; cuando sean destruidos los pecadores, lo verás… Mas los transgresores serán todos a una destruidos; la posteridad de los impíos será extinguida. Pero la salvación de los justos es de Jehová…” (Salmo 37).

    Deseamos insistir en un principio que hemos mencionado, por cuanto nos ayudará a entender nuestro tema a través de las Escrituras. La revelación de la verdad ha estado siempre sujeta a la naturaleza de los vínculos de Dios con los suyos, y de la vocación propia de éstos en su dispensación. Esto, necesariamente establece un principio de selectividad, a la vez que matiza las verdades confiadas de acuerdo a estos vínculos y la vocación que particulariza a los santos de cada tiempo. Entonces, podemos comprobar que desde que el Reino mesiánico y la posesión de la tierra constituyen la gran promesa, la gran vocación, y la gran esperanza del judío, la muerte nunca es el evento esperado sino el Reino del Cristo. La vocación propiamente judía, no es morir sino heredar la tierra y entrar en el Reino como un viviente. Son innumerables las citas que llenan las Escrituras en cuanto a este asunto; podemos apreciarlas casi a cada paso. Podemos apreciar, con suma con claridad, que los caminos gubernamentales, judiciales, y retributivos de Dios, tienen por delante la erradicación del impío de aquí abajo, y la preservación del justo en vista al Reino. Esto hace que la vocación inmediata de los fieles en Israel, nunca sea la muerte, sino la herencia de la tierra. Por ejemplo, en el Salmo 37 que hemos citado, el justo nunca aguarda la muerte sino poseer su herencia terrenal, aunque sí espera la destrucción del impío. En la vocación judía, la muerte es para los impíos; el piadoso espera entrar en vida a las bendiciones mileniales del Reino. Asimismo, como lo veremos más adelante, la vocación inmediata del cristiano tampoco es la muerte, sino el arrebatamiento. En casi todo tiempo, la muerte no es la vocación ni el evento que espera el fiel, sino el Reino, en un caso, y el arrebatamiento, en otro.

    Hasta aquí, nos hemos ocupado principalmente de nuestro asunto, conforme la luz y la revelación con que contaban los fieles de la antigüedad, pero a continuación, consideraremos la cuestión en el Nuevo Testamento, conforme aparece en los evangelios, en las epístolas apostólicas, y en el Apocalipsis..

     

    EL ASUNTO EN ELNUEVO TESTAMENTO

    LOS SADUCEOS

    “Aquel día vinieron a él los saduceos, que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron, diciendo: Maestro, Moisés dijo: Si alguno muriere sin hijos, su hermano se casará con su mujer, y levantará descendencia a su hermano. Hubo, pues, entre nosotros siete hermanos; el primero se casó, y murió; y no teniendo descendencia, dejó su mujer a su hermano. De la misma manera también el segundo, y el tercero, hasta el séptimo. Y después de todos murió también la mujer. En la resurrección, pues, ¿de cuál de los siete será ella mujer, ya que todos la tuvieron? Entonces respondiendo Jesús, les dijo: Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios. Porque en la resurrección ni se casarán ni se darán en casamiento, sino serán como los ángeles de Dios en el cielo. Pero respecto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que os fue dicho por Dios, cuando dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos” (Mateo 22:23-32).

    “Porque los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu; pero los fariseos afirman estas cosas”(Hechos 23:8).

    Como pudimos apreciar a través de las Escrituras del antiguo tiempo, la condición supérstite del espíritu del hombre y la esperanza de la resurrección, constituyen verdades rectoras, aún cuando la plenitud de la luz de la revelación divina no estuviese presente. Mas notamos que desde los tiempos del Señor, se hace presente en el judaísmo una secta marcada por la incredulidad sobre estas cosas; una incredulidad, sin duda, sembrada por Satanás en sus mentes; una incredulidad materialista, que niega que haya resurrección y espíritu. Necesariamente ambas cosas deben ser negadas por ellos, pues de sí, la resurrección supone la condición supérstite del espíritu del hombre tras el suceso de la muerte. No podría haber resurrección si las almas no persistieran tras la muerte. Los saduceos, que negaban la resurrección, procuraron ridiculizarla por medio de la cuestión que trajeron al Señor; mas en este caso, nos interesa sobre todo observar que en la respuesta del Señor Jesús, el solo hecho de la condición supérstite de las almas asegura la verdad de la resurrección. “Pero respecto a que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés cómo le habló Dios en la zarza, diciendo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino Dios de vivos; así que vosotros mucho erráis” (Marcos 12:26-27). Cuando Dios habló a Moisés desde la zarza, Él se presentó como el Dios de los patriarcas que portaban la promesa y que habían muerto varios siglos antes, pero de los cuales, Él seguía siendo su Dios pese al paso de tanto tiempo. Cosa que prueba que Él es Dios de vivos; es decir, que los espíritus de los muertos prosiguen en vida ante sus ojos, pues la vida de ellos no se extingue en la muerte del cuerpo. “Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven” (Lucas 20:38). De modo que las almas de todos los que han dejado este mundo, están vivas, existen en vida delante de Él. Y eso mismo, es garantía de que habrá resurrección.

     

    LAS RESURRECCIONES TEMPORALES DURANTE EL MINISTERIO DEL SEÑOR Y DE LOS APÓSTOLES

    Como en el caso del antiguo tiempo, las resurrecciones temporales durante el ministerio del Señor, acreditaron claramente que tras la muerte el espíritu del hombre subsiste, y que el mortal puede resucitar por el mismo poder que ostenta el Hijo de Dios. La resurrección de Talita (Marcos 5:35-43), la resurrección del joven hijo de la viuda de Naín (Lucas 7:11-16), y la resurrección de Lázaro (Juan 11:1-12:1,9,17), lo demuestran a todas luces. A estas, agregamos las resurrecciones que se observaron durante el ministerio apostólico, tal como las hallamos en el libro de los Hechos: la resurrección de Dorcas (Hechos 9:36-42), y la resurrección del joven Eutico (Hechos 20:7-12). Si bien, evidentemente, todos estos volvieron a morir, queda claro que si el espíritu no subsistiese o se disuelve tras la muerte, ninguno de ellos habría resucitado.

     

    EL MONTE DE LATRANSFIGURACIÓN

    En ocasión de la transfiguración del Señor (Mateo 17:1-7; Marcos 9:2-8; Lucas 9:28-36), Moisés y Elías aparecieron hablando con Él, y fueron reconocidos por los discípulos que allí estaban. Como sabemos, para entonces, Moisés hacía casi quince siglos que había muerto, y Elías había subido al cielo en un torbellino en el tiempo de la monarquía, mucho antes de la caída de Samaria. Evidentemente, que si ellos no existiesen, sería imposible que hubiesen aparecido allí después de tanto tiempo de la muerte de uno, y la transposición del otro, y hubiesen conservado sus facultades como para hablar inteligentemente con el Señor.

     

    EL RICO Y LÁZARO

    “Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez. Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquél, lleno de llagas, y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico; y aun los perros venían y le lamían las llagas. Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado. Y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Entonces él, dando voces, dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama. Pero Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado. Además de todo esto, una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quisieren pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá pasar acá. Entonces le dijo: Te ruego, pues, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les testifique, a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento. Y Abraham le dijo: A Moisés y a los profetas tienen; óiganlos. El entonces dijo: No, padre Abraham; pero si alguno fuere a ellos de entre los muertos, se arrepentirán. Mas Abraham le dijo: Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos” (Lucas 16:19-31).

    Aquí, la enseñanza del Señor es en verdad solemne y esclarecedora, no solo en cuanto a la condición supérstite del espíritu del hombre tras la muerte, sino también en lo que hace a su destino y suerte eterna tras ella. Como acontece a los mortales, tanto Lázaro, el mendigo, como el insensible y voluptuoso rico, un día murieron para hacer ellos mismos el descubrimiento de lo que hay más allá de la muerte, y comprobar el destino eterno sellado para cada uno. “Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado. Y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos…” “El seno de Abraham”, es una expresión judía que habla de la condición de beatitud de las almas salvas en el judaísmo; pero como veremos, no aparece cuando se trata del cristiano. El creyente cristiano, tras la muerte, como lo consideraremos más adelante, está con Cristo (Lucas 23:43; Filipenses 1:23; 2Corintios 5:8). Mas regresando a nuestro pasaje, notemos que el rico, tras la muerte y sepultura de su cuerpo, leemos que en el Hades toma conciencia de su estado: se halla en tormentos. Y entonces clama: “Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama.” Pero justamente aprendemos aquí, que tras la muerte la suerte y el destino eterno del alma está definitivamente marcado, sin posibilidad de reversión alguna (aún cuando sea un estado intermedio). Ya no hay lugar para el arrepentimiento ni para la misericordia divina a favor de quienes se condenan; así como no hay lugar para la condenación de los que son salvos. La respuesta de Abraham deja ver que “una gran sima”, que expresa imposibilidad absoluta, deja las almas bajo su suerte eterna sin posibilidades de ningún alivio ni cambio de su condición: “una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quisieren pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá pasar acá.” Además, el Señor revela lo que es el corazón obstinado del hombre en su incredulidad, durante su vida responsable aquí abajo. Notemos que el rico sufriente ruega que alguien vuelva de los muertos para que sus cinco hermanos no vengan al tormento, pero la respuesta de Abraham es clara, la incredulidad se resistirá aun cuando alguno se levante de los muertos. El testimonio de Dios dado por la Palabra es suficiente para la fe. “Entonces le dijo: Te ruego, pues, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les testifique, a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento. Y Abraham le dijo: A Moisés y a los profetas tienen; óiganlos. El entonces dijo: No, padre Abraham; pero si alguno fuere a ellos de entre los muertos, se arrepentirán. Mas Abraham le dijo: Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos.”Y en verdad, el Señor resucitó muertos, y Él mismo resucitó de entre los muertos, pero con todo, los hombres incrédulos persisten en su incredulidad. “No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo a Cristo); o, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos)”(Romanos 10:6-7).

     

    UNA NUEVA ESPERANZA Y VOCACIÓN

    “Y cualquiera que os diere un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, de cierto os digo que no perderá su recompensa. Cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeñitos que creen en mí, mejor le fuera si se le atase una piedra de molino al cuello, y se le arrojase en el mar. Si tu mano te fuere ocasión de caer, córtala; mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga. Y si tu pie te fuere ocasión de caer, córtalo; mejor te es entrar a la vida cojo, que teniendo dos pies ser echado en el infierno, al fuego que no puede ser apagado, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga. Y si tu ojo te fuere ocasión de caer, sácalo; mejor te es entrar en el reino de Dios con un ojo, que teniendo dos ojos ser echado al infierno, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga. Porque todos serán salados con fuego, y todo sacrificio será salado con sal”(Maros 9:41-49).

    Desde que el Cristo es despreciado y el Reino no sería introducido en sus días aquí abajo, sino pospuesto para su segunda venida en poder y gloria, entonces, todo adquiere sentido en relación a la eternidad. Es el inmenso cambio dispensacional en los tratos de Dios con el hombre, desde que el Cristo ha sido despreciado por su pueblo. Ello trae como consecuencia directa, el hecho de que no habrá Reino aquí abajo; mas entonces, el cielo se abre como el lugar de galardones para los fieles, así como el infierno, se presenta como el sitio de las retribuciones y penas eternas para los impíos. Una cosa que pareciese poco trascendente, como por ejemplo dar un vaso de agua en el nombre de Cristo, o hacer tropezar a un pequeñito que cree en Él, tendrán su marcada retribución en la eternidad. Es más, cada hombre es llamado a poner atención sobre sí mismo, sobre su conducta e intensiones, desde que están en viva relación con la eternidad. Lo que hace la mano, la senda que cursa el pie, el objeto en que se posa el ojo; todo, absolutamente todo lo que involucre una intencionalidad, un propósito, una conducta responsable, será valuado y retribuido en relación a la eternidad conforme los criterios puramente divinos. La persona será salada con fuego, y su obra, salada con sal. Yen tales condiciones, y en ese idioma propio del Señor para punzar con grande energía la conciencia, es mejor entrar en la vida manco, cojo o tuerto, que teniendo todos los miembros ir al infierno de fuego. Evidentemente, el pasaje pone al hombre en la perspectiva de la eternidad, más allá de la muerte, y todo es apreciado conforme a su conducta responsable y sus efectos en esa eternidad. Y lo interesante aquí, es que en la perspectiva de la eternidad, solo hay el entrar en la vida (las beatitudes eternas de los salvos) y el ser echado en el infierno (Gehena), donde el fuego nunca se apaga. No hay términos medios, no hay proceso ni purgatorio, aunque sí la prueba de la condición de cada persona y cada una de sus obras.

     

    LOS QUE MATAN ELCUERPO

    “Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno” (Mateo 10:28).

    “Mas os digo, amigos míos: No temáis a los que matan el cuerpo, y después nada más pueden hacer. Pero os enseñaré a quién debéis temer: Temed a aquel que después de haber quitado la vida, tiene poder de echar en el infierno; sí, os digo, a éste temed” (Lucas 12:4-5).

     

    La muerte misma es el límite del poder hombre para todo. Incluso, es el límite para hacer el mal, el límite extremo para dañar al prójimo, pues después de ella, la maldad no puede tocar, hacer, ni continuar el mal sobre el espíritu. El hombre no puede matar el alma ni dañarla de ninguna forma, una vez que ha abandonado el cuerpo mortal. Pero entonces, entramos en el terreno de la potestad divina y las retribuciones eternas de Dios, en el terreno de la autoridad de Aquel que puede tanto salvar eternamente el alma y el cuerpo, como condenar el alma y el cuerpo en el infierno. Evidentemente, esto prueba no solo la condición supérstite del espíritu tras la muerte, sino también la resurrección, aún cuando en nuestro pasaje solo se trate de la resurrección de condenación. Notemos que leemos acerca de “destruir alma y cuerpo en el infierno.” Aclaremos que el sentido de la palabra destruir, no es aniquilar, sino la ruina del ser.

    En Apocalipsis 6:9-11, apreciamos cómo las almas de los mártires por causa de la Palabra y el testimonio de Cristo, claman la venganza de su sangre sobre la tierra. Evidentemente, sus almas a salvo, en la presencia del Señor, podían clamar en la presencia de Él en plenitud de conciencia, y podían tener la respuesta a su clamor.“Cuando abrió el quinto sello, vi bajo el altar las almas de los que habían sido muertos por causa de la palabra de Dios y por el testimonio que tenían. Y clamaban a gran voz, diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra? Y se les dieron vestiduras blancas, y se les dijo que descansasen todavía un poco de tiempo, hasta que se completara el número de sus consiervos y sus hermanos, que también habían de ser muertos como ellos.” Estos, junto con otros mártires que morirán en la Gran Tribulación, resucitarán para entrar en el Reino Milenial del Señor, de modo que sus almas permanecerán con Él hasta entonces. “Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de juzgar; y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años. Pero los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años. Esta es la primera resurrección” (Apocalipsis 20:4-5). Indudablemente, las almas supérstites de los mártires permanecen en la presencia del Señor, para luego resucitar y reinar con Él.

     

    EL HADES. EL PARAÍSO. ESTAR CON CRISTO

    “Porque no dejarás mi alma en el Hades, ni permitirás que tu Santo vea corrupción” (Hechos 2:27).

    “Y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno” (Lucas 16:23).

    “Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43).

    “Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor (porque por fe andamos, no por vista); pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor” (2Corintios 5:6-8).

    “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. Mas si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger. Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor” (Filipenses 1:21-23).

     

    Es importante decir que en lo que en el Antiguo Testamento se llama en el hebreo “Seol” (o “Sheol”), en el griego del Nuevo Testamento, equivale a la palabra “Hades”. La cual, ha sido vertida erróneamente como sepulcro o sepultura, o como infierno. “Hades”, como “Seol”, expresa el estado o la condición de las almas sin sus cuerpos; es decir, es el estado supérstite del alma tras la muerte. Y una prueba contundente de esta equivalencia que mencionamos, está en el pasaje del Salmo 16.10, citado luego en Hechos 2:27, en donde claramente apreciamos, que donde en el hebreo dice “Seol”, en el griego hallamos “Hades”. “Porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción” (Salmo 16:10). “Porque no dejarás mi alma en el Hades, ni permitirás que tu Santo vea corrupción” (Hechos 2:27). Es importante entonces, considerar que “Hades” no es el sepulcro ni la Gehena (el lago de fuego, o infierno). El sepulcro es el lugar físico donde se deposita el cuerpo mortal (el cuerpo sin su espíritu); el Hades, es la condición del espíritu sin su cuerpo; la Gehena, o infierno, como veremos, es el cuerpo y su espíritu en el tormento eterno. Es importante entender que en el antiguo tiempo, no se reveló sobre la condición de beatitud eterna y condenación eterna de los hombres, sino, como hemos visto, solo se establece la condición supérstite del espíritu del hombre y la verdad de la resurrección. Y todo ello, con grande vaguedad. Mas en el Nuevo Testamento, la luz entra en plenitud sobre lo que ocurre tras la muerte, tanto en lo que respecta al espíritu así como lo que sobrevendrá en vista de la eternidad que sigue a la resurrección. Pero antes de ir a la condición eterna de los hombres, ya para morar con el Señor, ya para considerar la suerte de los que sufrirán las penas eternas, consideremos el asunto del las almas desincorporadas, es decir, lo que es el Hades. Y al respecto, afirmamos que el “Hades” nunca es la condición eterna de los espíritus, pues la resurrección tanto de los salvos como de los que se condenan, los quitará de tal condición. Pero con todo, tenemos en la luz y en la verdad que introduce el Señor sobre el asunto, el hecho de que ya el “Hades” adquiere un carácter completamente distinto para el creyente respecto del impío; distinción, que no era para nada clara en el antiguo tiempo. Si bien para ambos, para los salvos como para los que se condenan, se trata del estado intermedio del alma desincorporada, en el primer caso tenemos un estado de beatitud, en tanto que en el segundo, bien apreciamos el inicio de los tormentos. Aunque tal tormento aún no es el del infierno o la Gehena, pues solo se trata de los sufrimientos de las almas desincorporadas. Esto contrasta con el infierno o Gehena, donde sí tenemos el tormento eterno en alma y cuerpo de los que se condenan.

    Miremos entonces, la verdad de que al morir, el espíritu del Señor estuvo en el “Hades”, antes de su resurrección (Hechos 2:27); pero no fue dejado allí, así como tampoco su cuerpo no fue dejado en el sepulcro.La gran verdad es que la resurrección quita el cuerpo del sepulcro y el alma del Hades. Preciosa verdad que demuestra que tanto el estado de los cuerpos sin sus almas, y de las almas sin sus cuerpos, no es cosa definitiva sino un estado intermedio; y que la resurrección, es la parte de todos los mortales, ya sea ésta de vida o de condenación (Juan 5:29). Pero por otro lado, es evidente que el espíritu del Señor en el Hades para nada enseña que Él haya entrado en el infierno, pues de otra manera debería haber ingresado allí en cuerpo y alma. Pero sí sabemos que el Hades, entre su muerte y su resurrección, fue para Él y los suyos lo que también se llama “el paraíso”. En este sentido, recordemos sus palabras al ladrón de la cruz que se arrepintió: “Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43). Este texto, sin duda es un texto solemne en cuanto a la revelación de lo que ocurre después de la muerte, pues la condición del espíritu de Cristo tras la muerte, inaugura la verdad de su compañía con los santos que parten de este mundo. Y esto lo vemos con mayor claridad, cuando consideramos este pasaje frente al que hallamos en Lucas 16:19-31. Recordemos que allí, para el rico, el Hades era un lugar de tormento para su alma desincorporada, mientras que Lázaro, tenía beatitud en “el seno de Abraham”. El Señor reveló entonces, que los salvos en el judaísmo tenían, tras la muerte, una condición completamente separada de las almas en condenación; una condición de beatitud, que llamó “el seno de Abraham”. Mas desde que Él entra a la muerte, “el paraíso” supone para los fieles, estar con Él mismo: “hoy estarás conmigo en el paraíso.” Esto lo confirman varios textos que tenemos luego en la doctrina apostólica del Nuevo Testamento. Notemos que el Paraíso, o el tercer cielo, es la misma presencia de Dios (2Corintios 12:2-4). Y de una manera definitiva, varios pasajes nos muestran que ni bien el creyente duerme, ni bien su espíritu abandona su cuerpo, es para inmediatamente entrar y estar en la presencia del Señor. El cristianismo, conforme la plena luz divina que nos da el Señor, es la certeza de que el alma del fiel tras la muerte entra directamente en su presencia, para permanecer invariablemente allí. “Hoy estarás conmigo en el paraíso”, inaugura esta revelación que luego nos es confirmada por pasajes muy preciosos de las Escrituras, que consideramos brevemente a continuación. Y en este sentido, afirmamos que lo que el seno de Abraham es para un judío de fe en la vieja dispensación, estar con Cristo, lo es para el creyente cristiano que deja su cuerpo mortal.

    “Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor (porque por fe andamos, no por vista); pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor” (2Corintios 5:6-8). En tanto que el creyente esté en el cuerpo, está ausente al Señor; es decir, aún no ha entrado a su presencia, no ha entrado a la experiencia misma y directa de estar con Él. Pero inmediatamente que duerme, inmediatamente que abandona este cuerpo mortal, está presente al Señor. Y es verdaderamente solemne considerar, que la muerte es la puerta que introduce al cristiano directamente a la presencia de Jesucristo. La muerte nos hace ausentes del cuerpo mortal, pero ello supone para nuestro espíritu, la inmediata presencia del Señor. Y entre esta ausencia y esta presencia, no hay nada, absolutamente nada; es decir, no hay ningún proceso de limpieza, ni purgatorio, ni evento de ninguna naturaleza. Para los santos, la ausencia de este cuerpo es directamente la presencia al Señor. Esto lo confirma también un importante pasaje de la epístola a los Filipenses. “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. Mas si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger. Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor” (Filipenses 1:21-23). Esta es la experiencia de Pablo, un cristiano andando en la energía del Espíritu, en donde el objeto que llena su alma es Cristo. Entonces, si vive, el objeto y motivo que mueve su vivir es Cristo; es la plena consagración a su servicio y voluntad. Pero si muere, es ganancia, porque entonces posee ese objeto que ama su corazón; entonces pasa a estar directamente con Él. En su prisión, la experiencia le había conducido a tener ante él la vida y la muerte, y no sabía qué escoger como mejor; pues si quedaba, era para servir a su objeto amado; si partía, era para poseerlo y estar con Él. Para nada veía la muerte como pérdida, pues el partir es inmediatamente “estar con Cristo”, es ganar el objeto de fe que ama el corazón. De modo que lo que hallamos en Lucas 16:19-31; 23:43; 2Corintios 5:6-8 y Filipenses 1:21-23, revela que tras el dormir del cuerpo, el espíritu del creyente pasa inmediatamente a la presencia del Señor. No es la resurrección, pero sí la inmediata condición del espíritu del cristiano en la presencia de su Señor. Seguridad, que despoja a la muerte de todo horror, porque no es la separación sino la presencia y la unión al objeto amado: Cristo. Pero ello, es a la vez la prueba del estado del corazón. El hombre, por naturaleza, posee sus afectos en las cosas de este mundo: en sus parientes, en sus amigos, en su obra, etc. Y entonces, la muerte le disocia de todo esto, le separa de todos los objetos de sus afectos terrenales. Pero cuando Cristo es todo en el corazón, cuando Él es el objeto supremo del alma, la muerte no es separación sino unión al objeto amado. Esto no es la resurrección, sino la inmediata presencia del espíritu del creyente con su Señor. Un estado intermedio sin duda, pues la fe cristiana espera resurrección de vida; es decir, cuerpo y espíritu en la presencia del Señor. De modo que el Hades de tormento para el impío como la presencia del Señor para el creyente despojado de su cuerpo, si bien en un caso ya introduce a padecimientos y en el otro a beatitud, ambos son estados intermedios. Estados intermedios que son abandonados por la resurrección. Notaremos que jamás se dice que el cuerpo vaya o sea echado en el Hades; no hay un solo pasaje que lo indique. La resurrección de vida y la resurrección de condenación, introducirá al estado definitivo y eterno de los hombres en su unidad de espíritu, alma y cuerpo.

     

    LA GEHENA, EL INFIERNO, EL LAGO QUE ARDE CON AZUFRE Y FUEGO

    “Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno. Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno” (Mateo 5:29-30).

    “Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno” (Mateo 10:28)

    “Por tanto, si tu mano o tu pie te es ocasión de caer, córtalo y échalo de ti; mejor te es entrar en la vida cojo o manco, que teniendo dos manos o dos pies ser echado en el fuego eterno. Y si tu ojo te es ocasión de caer, sácalo y échalo de ti; mejor te es entrar con un solo ojo en la vida, que teniendo dos ojos ser echado en el infierno de fuego” (Mateo 18:8-9).

    “Si tu mano te fuere ocasión de caer, córtala; mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga. Y si tu pie te fuere ocasión de caer, córtalo; mejor te es entrar a la vida cojo, que teniendo dos pies ser echado en el infierno, al fuego que no puede ser apagado, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga. Y si tu ojo te fuere ocasión de caer, sácalo; mejor te es entrar en el reino de Dios con un ojo, que teniendo dos ojos ser echado al infierno, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga” (Marcos 9:43-48).

    En todos estos textos, la palabra traducida como “infierno” es “la Gehena”. Y evidentemente, no es el sepulcro (el lugar de depósito del cuerpo despojado de su espíritu), ni es el Hades (la condición de las almas desnudas de su cuerpo), sino que se trata de la persona, cuerpo, espíritu y alma, en la condenación, en el lugar del tormento eterno. Notemos que se habla del “alma y el cuerpo en el infierno” (Mateo 10:28).

    Apocalipsis utiliza la expresión “lago de fuego”, sin duda equivalente a “Gehena”, para referirse al lugar de las penas eternas de los que se condenan. Y al respecto, es oportuno observar que se trata del lugar donde a la postre, tras la resurrección de condenación, los impíos son lanzados con sus cuerpos y espíritus. El hecho que se observa la resurrección de muertos impíos antes de ser lanzados allí, demuestra que el “lago de fuego” es esa esfera de la eterna ira divina que pesa sobre los que se condenan, en eterna separación de la presencia de Dios, en la eterna unidad de todos los constitutivos de la humanidad (espíritu, alma y cuerpo) (1Tesalonicenses 5:23). El hecho de que esto sucede tras la disolución de la presente creación, pero antes y fuera de la Nueva Creación, demuestra que el “lago de fuego” es ese lugar de condenación que subsiste más allá de esta creación, y que no existe en conexión con ella; ni tampoco subsistirá en conexión moral con la Nueva Creación, sino como un ámbito eterno en eterna separación con ella. “Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos. Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras. Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras. Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda. Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego” (Apocalipsis 20:11-15). Otro detalle que confirma que el “lago de fuego” es el lugar de la condenación eterna, resulta del hecho de que estos muertos que reviven (resurrección de condenación), ya no tienen más posibilidad de volver a morir físicamente hablando. La muerte y el Hades entregan sus muertos, y las almas se reúnen con sus cuerpos para ser lanzadas en otro ámbito distinto: el lago de fuego. Incluso, la muerte y el Hades son lanzados al lago de fuego, quitando eternamente la posibilidad de que se vuelva a producir el fenómeno de la muerte física entre los hombres. El “lago de fuego” mismo es “la muerte segunda” (Apocalipsis 20:14; 21:8), es la eterna disociación de los impíos respecto de Dios y su presencia, respecto de Dios y de los bienes de la redención; mas para nada es la muerte física. Ella nunca más afectará la unidad del hombre. No habrá entonces más disociación de cuerpos respecto de sus espíritus, pero sí la disociación de los hombres condenados respecto de la presencia de Dios (muerte segunda). Mas otra cosa notemos, hay la posibilidad de que los impíos entren en el lago de fuego, aún sin conocer la primera muerte, es decir, la disociación de sus cuerpos y sus almas. Pues así como hay condenación de muertos (los cuales resucitan para condenación), hay condenación de vivos, que directamente van a las penas eternas. Esto se aprecia en Mateo 25:31-46, en oportunidad del juicio de los gentiles vivos que se observa al inicio del Reino. “Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartara unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo… Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles… E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.” (Mateo 25:31-46). Incluso, tenemos otros casos semejantes.

    Notemos que la bestia (el emperador o gobernador romano de iniquidad) y el falso profeta (el Anticristo), serán echados al “lago de fuego” en vida, sin pasar por la muerte de sus cuerpos (Apocalipsis 19:20).

    En fin, por todos estos textos, es evidente que el Hades no es la Gehena, no es el infierno, como tampoco es la presencia de Cristo, ni la Casa del Padre, ni la Santa Ciudad (la Nueva Jerusalén), ni el Tabernáculo de Dios con los hombres (Apocalipsis 21:1-3). La Gehena o el Infierno, así como la Casa del Padre, la Nueva Jerusalén eterna, son estados definitivos donde ya no hay posibilidad de muerte corporal, pues se trata de la condición eterna de los hombres y el lugar de su habitación eterna con sus cuerpos y espíritus. El Hades es la condición de las almas sin sus cuerpos, ya de dicha para los salvos (el Paraíso, estar con Cristo, estar presentes al Señor), como de tormento para el impío, en cuyo caso, anticipa sus penas eternas en el infierno.

     

    LA RESURRECCIÓN Y LATRANSFORMACIÓN

    “Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?” (Juan 11.25-26).

    “No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación” (Juan 5.28-29).

    “Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida” (1Corintios 15:20-23).

    “Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él. Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor”(1Tesalonicenses 4:13-17)

     

    Si bien hemos considerado los casos de las resurrecciones temporales en los tiempos de Elías y Eliseo, y los que se observaron durante el ministerio del Señor y de los apóstoles, es evidente que ellos no son la resurrección que introduce al hombre con su espíritu y cuerpo en la eternidad. Mas ahora, consideraremos la resurrección como el evento que restablece la unidad del hombre, su unidad de cuerpo, alma y espíritu (1Tesalonicenses 5:23), para entrar en tal condición a la eternidad. Y al decir esto, notemos desde un inicio, que el Señor habló de la resurrección universal de todos los muertos, ya sea para salvación ya sea para condenación. “No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación”(Juan 5:28-29). Tenemos entonces por cierto, que la resurrección es el evento universal para todos los muertos, tanto para los que se condenan como para los que participan de la resurrección de vida; mas a la vez, es un evento progresivo en cuanto a su desarrollo cronológico, y es un evento que separa los fieles de con los impíos. No todos los muertos resucitan a la vez, y no todos los muertos participan de la misma naturaleza de resurrección. Es decir, por un lado tenemos un evento universal, un evento que abarca y compromete a todos los muertos, pero progresivo en su desarrollo y selectivo en cuanto a su naturaleza, pues no todos los muertos resucitan a la vez ni todos participan de la misma naturaleza de resurrección. Nosotros ahora no entraremos en muchos detalles, ni haremos un estudio minucioso del orden de las resurrecciones, pues nuestro propósito es mostrar lo que ocurre con el creyente tras la muerte. Pero daremos los principios básicos del asunto. Y en este respecto, debemos decir que la resurrección del Señor Jesucristo es el evento y la verdad que cimienta toda la esperanza cristiana. Su resurrección va indisolublemente ligada a la nuestra, siendo su garantía, su anticipo y su certeza. Al respecto, el capítulo quince de la Primera Epístola de Pablo a los Corintios, nos ofrece un amplio fundamento de todo esto. “Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida”(1Corintios 15:20-23). Así como por Adán la muerte entró en la raza, por Cristo, la resurrección de los muertos. Mas la resurrección de Cristo es la primicia de los que han dormido en Él. Cristo mismo es la resurrección (Juan 11:25), pero a la vez, el primer fruto de ella, quitando la muerte y sacando a luz la incorruptibilidad. Es Él quien“quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio” (2Timoteo 1:10). “Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25). La fe en el Señor nos asocia a Él en todos los bienes de la redención, de manera que Él mismo y su resurrección, es la nuestra. Es la garantía absoluta y divina de nuestra resurrección de vida. En viva relación con esto, el rapto o arrebatamiento es la esperanza actual del creyente, ocasión en la cual todos los que han dormido en Cristo resucitarán. “Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él. Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor” (1Tesalonicenses 4:13-17).

    Hemos considerado claramente cómo ni bien un creyente parte de este mundo, es para estar con Cristo (Lucas 23:43; 2Corintios 5:6-8 y Filipenses 1:21-23). Esto en lo que respecta a su espíritu, pero entonces, el cuerpo aún no es alcanzado por los bienes de la redención. El estrato material del hombre será lo último que halle este beneficio, en ocasión del rapto, tal como apreciamos en el pasaje que acabamos de citar. Es nuestro espíritu el que posee la vida divina; mas nuestro cuerpo será vivificado en la resurrección, o será transformado, si es que vivimos al venir el Señor por nosotros. “Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo” (Romanos 8:22-23). Esperamos la redención de nuestro cuerpo, porque justamente es lo que aún no ha sido alcanzado por los beneficios de la redención. Creemos que la redención de nuestro cuerpo mortal puede producirse de dos formas: por la resurrección de los que duermen, por un lado, y por la transformación de los creyentes vivos en el rapto, por otro. Esto es lo que se aprecia en el pasaje de la Primera Epístola a los Tesalonicenses que hemos citado. Pero también citemos algunos pasajes de la Primera Epístola a los Corintios: “He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria” (1Corintios 15:51-54). “Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial; pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos. Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida” (2Corintios 5:1-4). En verdad, la muerte no es para nada el evento esperado por el cristiano. Puede ocurrir, más el cristiano no la espera, pues es a Cristo a quien espera. Y por eso, el anhelo de todo fiel no es morir, sino entrar a la presencia del Señor sin pasar por muerte: “nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron”; “no todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados”; “deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial; pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos. Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida.”

    En definitiva, estamos asociados a Cristo tanto en su muerte como en su resurrección. Él gustó la muerte por todos (Hebreos 2:9); Él llevó la paga del pecado. Pero uno de los asuntos que hace a nuestra vocación y vivencia cristiana, tiene que ver con nuestra actitud hacia la muerte y el efecto de ella en nuestra conciencia. No solo que el espíritu es supérstite a la muerte, no solo que nuestros cuerpos mortales resucitarán o serán transformados según el caso, sino que además, la muerte ha dejado de ser el rey de los espantos para los que son de Cristo. El diablo ya no la puede utilizar para infundir temor sobre el hombre de fe. “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (Hebreos 2:14-15).

    Recordemos que hay dos resurrecciones, una de vida y otra de condenación (Juan 5:29). Según las Escrituras, la resurrección de vida, o primera resurrección, se cumple en tres eventos. El gran evento inaugural de la misma, es la resurrección de Cristo mismo, quien resucita como primicias de los que durmieron (1Corintios 15:20). Luego, tenemos la resurrección de “los que son de Cristo” en su venida (el rapto) (1Tesalonicenses 4:15-17; 1Corintios 15:23). Y finalmente, los mártires del tiempo de la tribulación y gran tribulación, que resucitarán para Reinar con Cristo (Apocalipsis 20:4-6; también podemos mencionar e incluir la resurrección de los dos testigos:Apocalipsis 11:7-12). Todos estos casos conforman la resurrección de vida, o la primera resurrección, y es siempre resurrección de entre los muertos, pues en cada uno de ellos, no hay una resurrección general de muertos. En cada caso, los cuerpos de los impíos prosiguen en sus sepulcros. Los impíos resucitan al final del Reino, y hay para ellos un solo evento de resurrección, la resurrección de condenación, también llamada muerte segunda. Es la resurrección que se cumplirá ante el Gran Trono Blanco (Apocalipsis 20:11-15). Esta resurrección no es de entre muertos, porque ya no habrá más muertos para resucitar.

     

    DORMIR Y DESPERTAR

    “Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él. Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron” (1Tesalonicenses 4:13-15). “Y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron” (Mateo 27:52). “Nuestro amigo Lázaro duerme…” (ver Juan 11:11,12). “Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen” (1Corintios 11:30). “Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho” (1Corintios 15:20). “He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados” (1Corintios 15:51).

    La certeza de la resurrección cambia radicalmente la visión de la muerte en el cristiano. Él duerme, por más que su cuerpo se deshaga en el polvo, esperando despertar en y por la resurrección (aunque el espíritu esté consciente en la presencia del Señor). Este dormir es un estado intermedio y pasajero del cuerpo mortal. No importa los años que se sumen en tal espera, el poder del Señor proveerá a los suyos de cuerpos espirituales que soportarán toda la eternidad (1Corintios 15:35-49). Tanto el estado del espíritu como del cuerpo tras la muerte, no son definitivos, sino como hemos insistido, estados intermedios (2Corintios 5:1).

    “En cuanto a mí, veré tu rostro en justicia; estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza” (Salmo 17.15).“Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán? Necio, lo que tú siembras no se vivifica, si no muere antes. Y lo que siembras no es el cuerpo que ha de salir, sino el grano desnudo, ya sea de trigo o de otro grano; pero Dios le da el cuerpo como él quiso, y a cada semilla su propio cuerpo. No toda carne es la misma carne, sino que una carne es la de los hombres, otra carne la de las bestias, otra la de los peces, y otra la de las aves. Y hay cuerpos celestiales, y cuerpos terrenales; pero una es la gloria de los celestiales, y otra la de los terrenales. Una es la gloria del sol, otra la gloria de la luna, y otra la gloria de las estrellas, pues una estrella es diferente de otra en gloria. Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción. Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder. Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual. Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante. Mas lo espiritual no es primero, sino lo animal; luego lo espiritual. El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo. Cual el terrenal, tales también los terrenales; y cual el celestial, tales también los celestiales. Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial” (1Corintios 15:35-49).

     

    CRISTO ELCENTRO DE TODO.

    LA MUERTE DE CRISTO Y LARESURRECCIÓN DE CRISTO

    Nuestra seguridad y certeza cristiana no se funda tanto en eventos sino en Aquel que es el centro y el poder de ellos. Nuestra fe no halla su sólido objeto en eventos, por ciertos que estos sean, sino en Aquel que tiene el poder sobre ellos y garantiza el cumplimiento de ellos. Así, ya se trate de la muerte o de la resurrección, todo adquiere sentido en Jesucristo, que murió por nosotros y que resucitó como primicia de nuestra resurrección. La muerte de Cristo fue enteramente a nuestro favor. “Cristo murió por nuestros pecados”; Cristo “murió por todos” (1Corintios 15:3; 2Corintios 5:14,15; Hebreos 2:9,14; Romanos 5:6-8,10; 8.34; 1Tesalonicenses 5.10; etc). Cristo “quitó la muerte” entrando en ella (2Timoteo 1:10). Pero además, Él mismo es la resurrección: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?” (Juan 11:25-26). Él, tiene las llaves de la muerte y del Hades; Él tiene el dominio absoluto sobre los cuerpos muertos y sobre las almas que han sido desnudadas de ellos. “Yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades” (Apocalipsis 1:17-18). Él tiene la potestad de levantar los cuerpos del polvo, como de sacar las almas del Hades. “Nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio” (2Timoteo 1:10). En fin, el Señor es el centro de nuestra confianza y el principio que sostiene toda la vocación cristiana en cuando a nuestro destino eterno. Él es quien lo asegura, tanto para recibir en su presencia las almas de los suyos, como para levantar del polvo a los suyos que han dormido, como para transformar los cuerpos de los suyos que vivan al tiempo del rapto. Por eso, el cristiano no espera tanto un evento, sino al Señor mismo. Es su presencia lo que anhela el creyente. Pero es importante observar, que su presencia será realizada de dos formas. Una, que podríamos llamar estado intermedio, que supone estar con Cristo cuando el creyente pasa por la muerte (Lucas 23:43; 2Corintios 5:6-8; Filipenses 1:21-23). Más otra, es la gloria, es la consumación de los caminos de Dios que son por la redención, dándonos la perfección en su presencia, dándonos su misma perfección. Y ello supone la unidad de nuestros cuerpos y espíritus, la unidad de nuestro ser en eterna unidad con Él. Él mismo fue glorificado, entró en humanidad a este estado y condición de perfección (Juan 7:39; 12:16,23; 13:31-32; 17:24), y es necesario que nosotros también lo hagamos (Filipenses 3:11-12,20-21; 1Juan 3:2). “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (Filipenses 3:20-21). “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como Él es”(1Juan 3:2). Notemos que el espíritu en la presencia del Señor, no es el estado de gloria (y menos aún la manifestación de la misma), ni nuestro estado definitivo; solo alcanzaremos y entraremos en la gloria cuando nuestros cuerpos sean transformados para que sean semejantes “al cuerpo de la gloria suya”. La gloria no se consumará en nosotros ni entraremos en ella hasta que Él no nos tenga conforme Él mismo está en esa gloria, a la que entró por resurrección.

     

    CONCLUSIONES

    “He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad” (1Corintios 15:51-53).

     

    La muerte nunca es el evento esperado por el creyente, ni en el judaísmo ni en el cristianismo, pero pudiera ocurrir. El judío tiene por vocación la preservación de su vida aquí abajo, en vista de entrar en el Reino. Y el concepto de su salvación, tiene que ver con ello. El cristiano, por su parte, tampoco espera la muerte sino que espera a Cristo, espera ser transformado (2Corintios 5:2-3; 1Tesalonicenses 4:17; 1Corintios 15:51-53; Filipenses 3:20-21).

    “La paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). La muerte es el juicio divino que entró en la raza a causa del pecado. Ella disocia el espíritu del hombre respecto de su cuerpo mortal, para introducir uno y otro en un estado intermedio, jamás definitivo, pues el hombre fue creado como una unidad de espíritu, alma y cuerpo (1Tesalonicenses 5:23). Unidad, que será restablecida en destino eterno. Tras la muerte, el cuerpo permanece en el sepulcro, o incluso puede deshacerse completamente en el polvo, en tanto que el espíritu, persiste desnudado del estrato corporal y mortal. Pero hay distinción tanto para el cuerpo como para el alma del creyente respecto del incrédulo. El cuerpo del creyente duerme, el impío está muerto. El alma del creyente está con el Señor; ya entra en sus beatitudes (Lucas 23:43; Filipenses 1:21-23; 2Corintios 5:6-8); el impío, por su parte, tiene su sitio en el Hades, en separación con los piadosos, donde ya comienza la experiencia de sus padecimientos (Lucas 16:22-26). Pero no obstante, en ambos casos se trata de estados intermedios. Cada hombre es una unidad de cuerpo, alma y espíritu (1Tesalonicenses 5:23), la cual será recuperada por la resurrección si es que lo mortal ha regresado al polvo. El estado intermedio de separación de cuerpo y espíritu al que introduce la muerte, no es definitivo sino solo temporal. La resurrección de los cuerpos, por la que se reunirán con sus espíritus, es el evento que introduce en su destino eterno a cada hombre. Ya para estar siempre con el Señor (1Tesalonicenses 4:17), ya para estar siempre privado de su presencia (2Tesalonicenses 1:9, Apocalipsis 20:15). Hay entonces, resurrección de vida y resurrección de condenación (Juan 5:28-29), tras las cuales tenemos el destino eterno de cada hombre.

    La presencia del espíritu inmortal del creyente con el Señor, no es la gloria, no es la perfección, no es el Estado Eterno. Solo un estado intermedio. La perfección, la gloria, el pleno disfrute y comunión con Dios y su Hijo, vendrá por la resurrección o la transformación de nuestros cuerpos (Filipenses 3:20-21, Juan 7:39; 13:31-32; 17:5; 1Juan 3:2). El Estado Eterno demanda que todos los salvos estén en unidad de cuerpo, alma y espíritu en la presencia de Dios (Apocalipsis 21:1-7). No debemos entender la gloria tanto como un lugar sino como un estado de perfección adquirido delante de Dios, que nos permite el pleno disfrute y comunión con Él por la eternidad. En el creyente, el alma despojada de su cuerpo inicia el disfrute de su presencia, pero no en la plenitud que alcanzará en su unidad de ser que supone su glorificación, cuando estará con el Señor en espíritu, alma y  cuerpo. Cuando estará con Él, en la misma perfección en que Él ha entrado a la Eternidad.

     

    R. Guillén (RD85 Abril 2017)

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