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  • Los Hábitos del Mesías

    SU COSTUMBRE DE CONGREGARSE (1)

    “Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre…” Lucas 4:16

    Nuestro Señor vivió 30 años en este hermoso poblado llamado Nazaret de la región del mar de Galilea; “y vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret, para que se cumpliese lo que fue dicho por los profetas, que habría de ser llamado nazareno” (Mateo 2:23) y tal temporada fue del total agrado de Dios su Padre pues se nos dicen tres cosas de su niñez y adolescencia de este tiempo; “Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él” (Lucas 2:40). Luego llego a la edad en que los sacerdotes iniciaban su servicio a los treinta años y Dios aprueba todos estos años de su entero agrado; “y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma, y vino una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia” (Lucas 3:22). En todos estos 30 años su “costumbre” fue congregarse conforme a lo que había profetizado el salmista; “De ti será mi alabanza en la gran congregación; Mis votos pagaré delante de los que le temen” Salmos 22:25. Nunca dejó tal costumbre pues vemos a sus padres subiendo a Jerusalén cada año en la fiesta de la pascua llevando al recién nacido Jesús; “Iban sus padres todos los años a Jerusalén en la fiesta de la pascua” (Lucas 2:41). Este hábito continuó hasta los doce años y siguió durante toda su vida; “y cuando tuvo doce años, subieron a Jerusalén conforme a la costumbre de la fiesta” (Lucas 2:42). Los 12 años era la edad en que un niño judío era declarado públicamente hijo de la ley, y tal cosa solo sucedía en aquellas familias que formaban a sus hijos varones con este hábito de congregarse. Por esto Jesús a sus 12 años está sujeto a sus padres terrenales y es aceptado como un niño bajo los mandamientos de Dios por los doctores de la ley; “…sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles” (Lucas 2:46).
    No podemos echar la culpa de la declinación espiritual de los jóvenes de hoy a la iglesia y menos a los colegios, pues la palabra de Dios deja esta responsabilidad en manos de los padres (Proverbios 22:6). Si los niños en un hogar no ven a sus padres con estos tres hábitos básicos, congregarse, estudiar las escrituras y orar, fácilmente terminarán como árboles torcidos (Proverbios 17:25).
    Las estadísticas ilustran la influencia del ejemplo de los padres: Si los padres van a la iglesia, el 72% de los hijos continúan yendo; si ninguno de los dos asiste, solamente el 6% continuará. Esta estadística puede que no sea exacta pero es la tendencia real de los muchos jóvenes hijos de creyentes sin compromiso con Dios.
    Por su parte un padre liviano formará hijos livianos fáciles de contaminarse con el pecado como sucedió con Eli; “…porque sus hijos han blasfemado a Dios, y él no los ha estorbado” 1a Samuel 3:13. En el antiguo testamento se escribe como testimonio el caso del rey Ocozías hijo del perverso Acab y su mujer Jezabel; “E hizo lo malo ante los ojos de Jehová, y anduvo en el camino de su padre, y en el camino de su madre…” (1a Reyes 22:51-52). Así se va repitiendo una y otra vez en el listado de los reyes del reino del norte, “hizo lo malo” con el resultado de la vida de sus hijos según sus padres. De este joven se nos dice; “porque sirvió a Baal, y lo adoró, y provocó a ira a Jehová Dios de Israel, conforme a todas las cosas que había hecho su padre” (1ª Reyes 22:53). No es por demás que Dios destaca la importancia que tiene la influencia de los padres sobre sus hijos para formar hábitos. De Josías se escribe: “No hubo otro rey antes de él, que se convirtiese a Jehová de todo su corazón, de toda su alma y de todas sus fuerzas, conforme a toda la ley de Moisés; ni después de él nació otro igual” 2ª Reyes 23:25. Y se registra el nombre de su madre como primera influencia sobre la vida de su hijo “…El nombre de su madre fue Jedida hija de Adaía, de Boscat” 2ª Reyes 22:1. De igual modo una madre liviana y liberal llevará a la ruina a sus hijas mujeres cumpliéndose el proverbio que dice: “…Cual la madre, tal la hija” (Ezequiel 16:44).

    Camilo Enrique Vásquez Vivanco

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